Hoy voy a hablar de política.


No siempre supe que era de izquierdas. La vida me enseñó de qué lado estar

Nunca hablo de política. Siempre he pensado que me perjudica más de lo que me beneficia. Pero últimamente me pasa algo: callarme lo que pienso empieza a pesarme más que las posibles consecuencias de decirlo.

Soy de izquierdas. Y no os creáis que hace tantos años que lo sé.

La primera vez que voté fue en el año 2000.

Y voté a José María Aznar. Al Partido Popular.

Sí, habéis leído bien.

Por aquel entonces tenía 19 años, bastante poco interés por la política y muchas más preocupaciones que seguir la actualidad de nuestro país.

¿Por qué voté a Aznar?

Pues porque decían que era un gran gestor.

Eso se escuchaba por todas partes. Que la economía iba bien, que España prosperaba, que Aznar sabía gestionar. Y yo, que tampoco tenía demasiados conocimientos políticos ni me había parado a analizar gran cosa, pensé: «Pues será verdad».

Y le voté.

Así de sencillo.

No tenía una ideología especialmente definida. Ni era de derechas ni de izquierdas. Era una chica joven que empezaba a abrirse camino en la vida y que, como tantas otras personas, se dejaba llevar por lo que escuchaba a su alrededor.

Con los años aprendí que una cosa es que te digan que un país va bien y otra muy distinta es preguntarte para quién va bien.

Pero entonces todavía no había llegado a esa conclusión.

2004. Mi primer voto al PSOE

En las elecciones de 2004 voté por primera vez al PSOE.

Recuerdo perfectamente la movilización social que se produjo después de los atentados del 11M. La gestión de la información por parte del Gobierno de Aznar me produjo un rechazo enorme.

Pensé que aquella no era gente en la que pudiera confiar.

Pero tampoco me convertí entonces en una persona especialmente politizada.

Durante los gobiernos de Zapatero me pasé buena parte del tiempo trabajando muchísimas horas al día, criando a mi hija, pagando una hipoteca y haciendo malabarismos para llegar a todo.

Escuchaba cosas aquí y allá, por supuesto, pero la actualidad política no ocupaba precisamente un lugar destacado entre mis preocupaciones.

La segunda legislatura de Zapatero casi ni la recuerdo.

Recuerdo la crisis económica, el estallido de la burbuja inmobiliaria, los recortes y aquella expresión de los "brotes verdes".

Yo tenía un trabajo bastante estable y pensaba:

"Bueno, pues saldrán los brotes".

Qué ingenuidad.

Tampoco recuerdo la crispación que vivimos hoy.

Y mira que yo me dedicaba a vender prensa.

Tenía delante todos los días a quienes compraban el ABC y a quienes se llevaban El País. Había discusiones, diferencias ideológicas y algún exaltado que hablaba de "república bananera", pero no recuerdo aquella sensación permanente de estar viviendo en dos países enfrentados.

Quizá es que yo estaba demasiado ocupada trabajando.

O quizá es que, efectivamente, algo ha cambiado mucho en nuestra sociedad.

Probablemente las dos cosas.

2011. Llegó Rajoy. Y empecé a prestar atención.

Cuando Mariano Rajoy ganó las elecciones de 2011, recuerdo que mi primer pensamiento fue bastante poco sofisticado:

"¿De verdad? ¿No tienen a alguien más preparado?".

Y sí, ya sé que era registrador de la propiedad.

No cuestionaba su formación académica. Lo que me preguntaba era si aquella persona tenía la capacidad política, el liderazgo y la preparación necesarios para dirigir un país.

Porque estamos hablando de presidir el Gobierno de España.

Qué menos que exigirles a nuestros dirigentes una parte de todo lo que nos exigen a los demás para conseguir un trabajo.

Pero lo que terminó despertando mi interés por la política no fue Rajoy como personaje.

Fue que sus decisiones empezaron a perjudicar seriamente mi bolsillo.

En 2012 llegó la famosa reforma laboral.

Una reforma que se presentó como una herramienta para facilitar la contratación, especialmente de jóvenes y desempleados de larga duración, pero que también abarató el despido y debilitó importantes mecanismos de protección de los trabajadores.

Para mí supuso uno de los mayores retrocesos en derechos laborales de nuestra democracia.

Y después llegaron los recortes.

En abril de 2012, el Gobierno anunció medidas de ahorro por valor de 10.000 millones de euros en sanidad y educación: 7.000 millones en sanidad y 3.000 en educación.

Se modificó el sistema de aportación farmacéutica, obligando a muchos pensionistas a pagar parte de sus medicamentos.

También se restringió el acceso a la asistencia sanitaria ordinaria de personas inmigrantes en situación irregular.

Todo aquello se justificaba por la crisis, por la necesidad de reducir el déficit, por la situación económica que había heredado el nuevo Gobierno.

Y yo podía entender que España atravesaba una crisis gravísima, pero no que se rescatará a la Banca y no a las familias.

No entendía por qué una parte tan importante del esfuerzo tenía que recaer sobre quienes menos tenían.

Porque, mientras tanto, en mi casa también estábamos viviendo la crisis.

Las famosas "paguitas"

En mi familia nos tocó conocer muy de cerca el desempleo.

Nos tocó depender de ayudas.

Nos tocó vivir con la incertidumbre de no saber cuánto tiempo iba a durar aquella situación ni cómo íbamos a salir adelante.

Y os aseguro que todavía tengo pesadillas con aquella época.

Por eso me indigna tanto escuchar a determinadas personas hablar alegremente de las "paguitas".

¿Paguitas?

¿De verdad alguien piensa que una familia disfruta teniendo que depender de una ayuda del Estado para sobrevivir?

¿Que es agradable vivir pendiente de una prestación, contando cada euro, calculando qué factura puede esperar y cuál no?

Lo peor que le puede pasar a una familia trabajadora es perder su independencia económica.

Tener que depender de una ayuda para llegar a fin de mes no es ningún privilegio.

Es angustioso.

Es humillante en muchas ocasiones, aunque no debería serlo.

Y da muchísimo miedo.

En el primer trimestre de 2013, España alcanzó los 6,2 millones de desempleados. La tasa de paro llegó al 27,16 %.

Detrás de aquellos números había millones de historias como la nuestra.

Familias enteras que habían trabajado toda su vida y que, de repente, se encontraban sin nada.

Personas que no necesitaban que nadie les explicara el valor del esfuerzo.

Necesitaban un trabajo.

Y recuerdo perfectamente otro episodio de aquellos años.

Andrea Fabra, diputada del Partido Popular, gritó en el Congreso: "¡Que se jodan!", durante una sesión en la que se anunciaban durísimos recortes, entre ellos cambios en las prestaciones por desempleo.

Vi a una representante pública gritando aquello en un momento en el que millones de personas estaban sufriendo.

Y recuerdo pensar:

"Esta no es mi gente".

No podía sentirme representada por aquella actitud.

Me parecía una muestra de desprecio, de una falta de empatía brutal.

Luego llegaron La Gürtel, las investigaciones por corrupción, las condenas y una sucesión de escándalos que terminaron de romper cualquier confianza que pudiera tener en aquel partido.

Definitivamente, aquella no era mi gente.

Madrid me enseñó una realidad que desconocía

Años después me fui a vivir a Madrid.

Y descubrí un mundo nuevo.

No porque antes no supiera que existían las diferencias entre clases sociales. Claro que lo sabía.

Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es verlo de cerca.

Conocí a mujeres filipinas que trabajaban como internas en casas de familias de clase alta.

Mujeres que, en torno a 2020, me contaban que cobraban unos 700 euros al mes.

Setecientos euros.

Por vivir en una casa ajena, cuidar de otras personas, limpiar, cocinar y estar disponibles durante jornadas que parecían no terminar nunca.

Algunas trabajaban sin contrato ni las garantías laborales que les correspondían.

Y había algo que me impresionó especialmente.

De aquellos 700 euros, algunas destinaban unos 250 a pagar una habitación que prácticamente no utilizaban.

¿Sabéis por qué?

Porque tenían miedo.

Miedo a que sus empleadores las despidieran de un día para otro y se encontraran literalmente en la calle, sin un sitio donde dormir.

Pagaban más de un tercio de lo que ganaban por conservar un lugar al que poder ir si todo se torcía.

Aquello me dejó impresionada.

No podía dejar de pensar en la indefensión de aquellas mujeres.

En la desigualdad de poder que existía entre quien las contrataba y quien necesitaba desesperadamente conservar aquel empleo.

En lo fácil que resulta hablar de libertad cuando tienes dinero, una casa y seguridad económica.

Y en lo difícil que es ejercer esa libertad cuando sabes que reclamar tus derechos puede dejarte sin techo.

En 2022, el Gobierno aprobó una reforma que reconoció a las empleadas del hogar el derecho a cotizar por desempleo y acceder a esa protección en las condiciones establecidas por la ley.

Una medida que, además, respondía a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Por supuesto, aquello no solucionó todos los problemas.

Muchas de aquellas mujeres seguían teniendo miedo a reclamar sus derechos o a exigir que se regularizara su situación laboral.

Porque las leyes son imprescindibles, pero no siempre bastan para proteger a quien se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad.

Y ahí fue cuando terminé de comprender algo.

En determinados conflictos sociales tienes que decidir de qué lado estás.

¿Del lado de quien tiene una persona trabajando en su casa en condiciones abusivas?

¿O del lado de la mujer que acepta esas condiciones porque no tiene otra alternativa?

Yo lo tengo clarísimo.

Estoy con ella.

Con las trabajadoras.

Con quienes necesitan que alguien garantice sus derechos porque, por sí solos, no tienen capacidad para defenderlos.

Y eso, para mí, es ser de izquierdas.

Ahora pago impuestos. Muchos. Y sé para qué sirven.

Actualmente soy trabajadora por cuenta ajena y también autónoma.

Vamos, que pago más impuestos que una tonta.

Y sí, me fastidia.

Me fastidia muchísimo.

Cada trimestre, cuando toca hacer cuentas, me acuerdo de Hacienda, de los impuestos, de las cuotas y de toda la burocracia que tenemos que soportar quienes trabajamos por nuestra cuenta.

Estoy más quemada que la pipa de un indio con algunas de las condiciones que tenemos los autónomos.

Y creo que hay muchísimo que cambiar.

Pero hay algo que tengo muy claro.

No me molesta contribuir al sostenimiento de los servicios públicos. Me molesta que ese esfuerzo no siempre se traduzca en servicios a la altura de lo que pagamos.

Porque yo tengo una artrodesis cervical.

Una operación que pude realizarme gracias a la sanidad pública y que me ha permitido recuperar la capacidad de trabajar y seguir adelante con mi vida.

Sé perfectamente lo que significa necesitar un hospital, un especialista, un quirófano y profesionales sanitarios que te atiendan sin preguntarte primero cuánto dinero tienes en el banco.

Mi hija ha podido estudiar una carrera.

Y sé que, si vienen mal dadas, existe un sistema de protección por desempleo que puede ayudarme durante unos meses.

Y cuando salgo a la calle hay policías, ambulancias, bomberos, colegios, hospitales y servicios públicos que alguien tiene que financiar.

¿Que todo funciona perfectamente?

Ni muchísimo menos.

¿Que la sanidad pública tiene problemas enormes?

Por supuesto.

¿Que hay listas de espera desesperantes, profesionales agotados y servicios que necesitan muchos más recursos?

Claro que sí.

¿Que los autónomos necesitamos una reforma profunda de nuestras condiciones?

Pues también.

Y habrá que protestar, manifestarse, exigir, reclamar y salir a la calle tantas veces como sea necesario.

Porque defender los servicios públicos no significa aplaudir su funcionamiento sin cuestionarlo.

Significa precisamente exigir que funcionen.

Yo no quiero pagar impuestos para que se malgasten.

Quiero pagarlos para vivir en una sociedad en la que una enfermedad no arruine a una familia, en la que estudiar no dependa del dinero de tus padres y en la que perder el trabajo no signifique perderlo absolutamente todo.

¿Y qué pienso del Gobierno actual?

Pues que es un desastre en muchas cosas.

Así de claro.

Estoy profundamente en desacuerdo con numerosas decisiones y políticas del PSOE.

Creo que se han cometido errores importantes, que hay demasiadas cuestiones sin resolver y que, en ocasiones, parece que nuestros dirigentes viven en una realidad completamente distinta a la de quienes tenemos que trabajar todos los días para pagar las facturas.

Pedro Sánchez pasó de producirme una tremenda antipatía a despertarme una especie de compasiva empatía.

No sé si será por el clima político que vivimos, por el nivel de los ataques personales o porque a veces tengo la sensación de que la política española se ha convertido en una competición para ver quién consigue insultar más fuerte.

Pero una cosa no quita la otra.

Que sienta empatía por una persona no significa que apruebe todas sus decisiones.

¿Que hay corrupción en el entorno del Gobierno y casos que deben investigarse hasta el final?

Por supuesto.

Y si hay responsables, que respondan ante la Justicia. Sean quienes sean.

No quiero corruptos de izquierdas ni de derechas.

¿Que hay accidentes y tragedias que ponen de manifiesto problemas de gestión, mantenimiento o prevención?

También.

Y habrá que investigar, determinar responsabilidades y corregir todo lo que sea necesario.

Pero convertir cada tragedia en una oportunidad para lanzar un insulto político me parece miserable.

Pensar que un accidente se habría evitado simplemente porque un ministro hubiera dedicado menos tiempo a Twitter es una simplificación ridícula.

Si hubo negligencias, que se investiguen.

Si hubo decisiones equivocadas, que se expliquen.

Si existen responsabilidades políticas, que se asuman.

Pero dejemos de tratar a la ciudadanía como si fuera incapaz de comprender que los problemas complejos requieren algo más que un eslogan.

Hay mil cosas por hacer y mejorar.

Mil no. Diez mil.

Y precisamente por eso necesitamos políticos preparados, responsables y capaces de gestionar.

¿Y cuál es la alternativa?

Aquí es donde me entra la desesperación.

Porque miro hacia la derecha y pienso:

¿En serio?

¿Feijóo?

¿De verdad esta es la mejor alternativa que puede presentar el Partido Popular para presidir España?

Estoy convencida de que tiene que haber personas conservadoras preparadísimas, con formación, capacidad de gestión, experiencia y una visión de país perfectamente legítima, aunque sea distinta de la mía.

Precisamente por eso me pregunto:

¿Cuánto poder tienen determinadas personas dentro de los partidos para que resulte tan difícil encontrar dirigentes que estén a la altura de lo que se les exige?

Porque veo a Feijóo, a Tellado, a Esther Muñoz y a otros representantes del PP, escucho determinadas intervenciones y no consigo encontrar ese liderazgo que me gustaría exigirle a alguien que aspira a gobernar mi país.

Y luego está Madrid.

La política madrileña merece un capítulo aparte.

Hay declaraciones, actitudes y formas de dirigirse al adversario político que me parecen de una vulgaridad extraordinaria.

Esa manera de convertir la confrontación permanente en una estrategia de comunicación.

Ese tono de desprecio.

Esa sensación de que cuanto más agresivo seas, más aplausos recibes.

A mí no me transmite fortaleza.

Me transmite una preocupante falta de altura política.

Y entonces aparece Vox.

Y ahí, sinceramente, para mí ya no hay debate electoral posible.

Vox no entra en mi ecuación

Sé que lo que voy a decir puede molestar.

Pero es lo que pienso.

Me cuesta muchísimo comprender a determinados votantes de Vox.

Especialmente a quienes pertenecen a la clase trabajadora y defienden con absoluta seguridad que ese partido jamás perjudicaría sus derechos sociales o laborales.

"No van a hacerle nada a la sanidad pública porque no lo pone en su programa".

¿Todo bien en casa?

¿De verdad creemos que para analizar las consecuencias de un proyecto político basta con buscar una frase concreta en un programa electoral?

¿No deberíamos examinar también sus propuestas económicas, sus decisiones, sus alianzas, sus declaraciones y el modelo de sociedad que defienden?

A veces escucho determinados argumentos y me parecen fruto de una ignorancia política profunda y también humana. 

Y lo siento si ofende.

Pero también quiero hacer una distinción importante.

No creo que todos los votantes de Vox sean iguales. Habrá personas que voten por enfado, por desencanto, por miedo, por convicción ideológica o porque consideran que los demás partidos no representan sus intereses.

Y no voy a negarles su derecho a pensar de otra manera.

Lo que no puedo hacer es compartir determinadas ideas ni fingir que me parecen inofensivas.

Me preocupan profundamente sus posiciones sobre inmigración, igualdad, diversidad sexual y derechos sociales.

Considero que parte de su discurso alimenta el rechazo hacia colectivos vulnerables y normaliza una confrontación social que me parece peligrosísima.

No quiero una sociedad en la que se señale a las personas por su origen, su orientación sexual o su identidad.

No quiero que se retroceda en derechos que ha costado décadas conquistar.

Y, sobre todo, no quiero que quienes menos tienen terminen enfrentándose entre sí mientras se olvidan de preguntarse quién tiene realmente el poder.

Porque vuelvo a pensar en aquellas mujeres filipinas que conocí en Madrid.

En sus 700 euros.

En la habitación que pagaban por miedo a quedarse en la calle.

En las familias que tuvieron que depender de ayudas durante la crisis.

En los trabajadores que encadenan contratos precarios.

En los pensionistas que necesitan sus medicamentos.

En los jóvenes que no pueden independizarse.

Y me pregunto qué modelo de sociedad queremos construir.

Uno en el que cada cual se las arregle como pueda.

O uno en el que existan unas garantías mínimas para que nadie se quede completamente desprotegido.

Yo ya sé cuál prefiero.

¿Y qué pasa con los partidos a la izquierda del PSOE?

Porque claro, después de todo lo que he dicho del PP y de Vox, alguno estará pensando que la solución está más a la izquierda.

Pues tampoco.

Podemos, Izquierda Unida, Frente Amplio y las distintas formaciones y coaliciones que han ido apareciendo en ese espacio político...

No. Tampoco me representan.

Y no es porque esté en contra de muchas de las causas que defienden. Al contrario. Comparto buena parte de sus reivindicaciones sociales, la defensa de los derechos laborales, la igualdad y la necesidad de proteger a quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.

Pero una cosa es compartir unos principios y otra muy distinta es sentirte representada por quienes dicen defenderlos.

Y a mí no me convencen.

Me cuesta entender tanta división, tanta disputa interna, tanta dificultad para ponerse de acuerdo entre personas que, supuestamente, persiguen objetivos similares.

A veces tengo la sensación de que se dedica más energía a discutir quién representa a la verdadera izquierda que a convencer a quienes necesitamos soluciones concretas.

Porque yo no necesito que nadie me dé lecciones sobre lo que significa ser de izquierdas.

Necesito que me expliquen cómo van a mejorar las condiciones de los trabajadores, qué van a hacer con la vivienda, cómo piensan sostener los servicios públicos y qué soluciones proponen para quienes, como yo, trabajamos por cuenta ajena y también somos autónomos.

Y, sobre todo, necesito que sean capaces de gestionar.

Que tengan propuestas viables, equipos preparados y capacidad para llevarlas a cabo.

No me basta con compartir un discurso si después no veo un proyecto político que me genere confianza.

Quizá el problema sea mío, que cada vez soy más exigente con quienes aspiran a gobernarnos.

O quizá sea que, después de tantos años trabajando y pagando facturas, una empieza a valorar menos los grandes discursos y mucho más los resultados.

No quiero que me expliquen constantemente quién es la verdadera izquierda. Quiero una izquierda que sea capaz de mejorar la vida de la gente.

Y hoy, sinceramente, tampoco encuentro ahí una alternativa que termine de convencerme.

No soy del PSOE. Soy de mi gente.

Y creo que esta es la parte más importante de todo lo que quería contar.

No soy una defensora incondicional del PSOE.

No tengo ningún interés en justificar sus errores.

No pienso aplaudir decisiones con las que no estoy de acuerdo simplemente porque las tome un partido de izquierdas.

Y tampoco voy a dejar de criticar al Gobierno cuando considere que está perjudicando a los trabajadores, a los autónomos o a cualquier colectivo que necesite protección.

Pero en un panorama político cada vez más polarizado, en el que parece que tenemos que elegir entre dos bandos irreconciliables, yo tengo muy claro dónde están mis principios.

Y no dependen de unas siglas.

Dependen de lo que he vivido.

No necesito que nadie me explique lo que significa esforzarse.

Llevo toda la vida haciéndolo.

Tampoco necesito que nadie me convenza de que hay personas que se aprovechan del sistema. Claro que las hay. Como hay empresarios que explotan a sus trabajadores, políticos corruptos y gente que defrauda impuestos.

Pero no estoy dispuesta a convertir las excepciones en una excusa para desproteger a todo el mundo.

Ni a pensar que una persona que necesita ayuda es una aprovechada.

Ni a creer que quien tiene menos derechos debe conformarse con los que tiene.

He tardado muchos años en entender que era de izquierdas.

Quizá porque durante mucho tiempo estaba demasiado ocupada sobreviviendo como para ponerle nombre a mis ideas.

Pero hoy, con 46 años, tengo algo bastante claro.

No quiero una sociedad en la que los trabajadores tengan que agradecer que les permitan trabajar.

No quiero que una mujer tenga miedo de reclamar sus derechos porque puede terminar durmiendo en la calle.

No quiero que una familia tenga que elegir entre comprar medicamentos o llenar la nevera.

No quiero que una enfermedad sea una condena económica.

Y no quiero que nos convenzan de que defender todo eso es una ingenuidad.

Que hay que gestionar mejor, por supuesto.

Que hay que exigir responsabilidades, también.

Que tenemos que combatir la corrupción, reducir la burocracia, mejorar los servicios públicos y revisar muchas de las condiciones que soportamos quienes trabajamos, faltaría más.

Pero sin perder de vista lo fundamental.

Yo voy a estar siempre con el trabajador, con el débil, con el de abajo.

Con quien necesita protección frente a quien tiene más poder.

Con quien trabaja y aun así no consigue llegar a fin de mes.

Con quien necesita una oportunidad.

Con quien tiene miedo de perderlo todo.

Con mi gente.

Y si eso significa ser de izquierdas, entonces sí.

Soy de izquierdas.

Aunque haya tardado media vida en darme cuenta.



Comentarios

  1. Un análisis muy lúcido y explicado muy clarito. Somos muchos que echamos de menos cuando no estaba todo tan polarizado. Y es una pena todos esos jóvenes que van a votar a Vox sin saber nada de la vida ..

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