Saber.


Ayer fui con Eva al Museo del Prado. Era su primera vez.

Íbamos con poco tiempo, como siempre. Entramos casi corriendo, pensando que apenas nos daría tiempo a ver unas cuantas salas. Pero, ay Dios mío... cuánto disfruté.

Salí de allí con una sensación extraña. Esa necesidad casi urgente de saber más. Y esta vez no estaba relacionada con la luz, la composición, el color o la fotografía. Era algo diferente.

Eva es una apasionada de la historia. Es una apasionada de la lectura. Es una apasionada del conocimiento. De esas personas que no se conforman con mirar las cosas; necesita entenderlas.

Mientras caminábamos entre cuadros, yo observaba las pinceladas. Ella observaba siglos de historias.

—Mira, mamá, ¿sabes lo que está haciendo ese hombre que trabaja el hierro?

—Ni idea.

—Está escuchando a otro hombre que viene a contarle que su esposa le es infiel.

—¿Qué me cuentas?

—Y además a él lo arrojó su madre al mar cuando nació porque le parecía demasiado feo.

Resulta que estaba hablando de Vulcano.

Seguimos avanzando.

—¿Ves ese cuadro, mamá? Está inspirado en el mito de Sísifo.

Y allí estaba yo, que había visto cientos de imágenes de arte a lo largo de mi vida, descubriendo por primera vez que detrás de muchas de ellas había historias que llevaban miles de años contándose.

Un poco más adelante:

—¿Y ese?

—Pues esa historia es una de las que terminó desencadenando la Guerra de Troya.

Y comenzó a hablarme de dioses, héroes, maldiciones, profecías y guerras como quien habla de una serie que acaba de terminar de ver.

Me explicó quién era Aquiles. Me habló de Helena. De los caprichos de los dioses del Olimpo. De cómo Rubens había pintado "El juicio de Paris", el momento en que un simple mortal tuvo que decidir cuál era la diosa más bella y acabó provocando una de las guerras más famosas de la historia.

También me contó la historia de Ícaro, el joven que voló demasiado cerca del sol. Y la de Prometeo, castigado por entregar el fuego a los hombres. Historias que llevamos siglos repitiendo porque, en el fondo, siguen hablando de nosotros mismos.

Y mientras ella me explicaba todo aquello, yo no podía dejar de mirarla.

Porque de repente entendí algo.

Leer importa.

Aprender importa.

La curiosidad importa.

Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que ser rápido, inmediato y superficial. Pero ayer vi el valor inmenso que tiene sentarse a leer un libro, interesarse por la historia, hacerse preguntas y buscar respuestas.

Lo que Eva me regaló ayer no fue una visita al Prado.

Me regaló la posibilidad de mirar los cuadros de otra manera.

Y creo que esa es una de las cosas más bonitas que puede hacer una persona por otra: enseñarle a ver.

Todavía no he conseguido cerrar la boca.

Y mientras escribo esto, ya estoy pensando en cuándo volveremos.

Esta vez con más tiempo.

Y con una libreta.

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