Sánchez mata a joven y vende sus organos


 Hay días en los que uno abre las redes sociales y siente que ha entrado en una realidad paralela donde todo vale, donde la verdad ya no importa y donde lo que más ruido hace no es lo más cierto, sino lo más conveniente para cada uno. Y lo fácil, lo cómodo, sería callarse, mirar hacia otro lado y seguir con tu vida, pero hay cosas que simplemente no te caben dentro, que te remueven por dentro y que te obligan a decir basta, porque no, no todo es opinable ni todo puede manipularse al antojo de intereses políticos o personales.

He pasado de pensar que la gente no contrasta información, a asumir algo mucho peor: que directamente elige creer lo que le interesa, aunque sea una barbaridad, aunque sea miserable, aunque implique convertir una tragedia en un arma arrojadiza.

Leer cosas como “Sánchez mata a una niña de 25 años y venden sus órganos” no es solo desinformación, es una falta de humanidad absoluta, es cruzar una línea que debería ser intocable, porque detrás de ese titular hay una persona, una historia y un sufrimiento real que no merece ser utilizado como carnaza. Hablamos de una mujer adulta, de 25 años, con una discapacidad del 74%, con dolor neuropático constante, sin posibilidad de mejora, y aun así hay quien se permite simplificar, manipular y juzgar desde la ignorancia más cómoda, como si el dolor ajeno fuera un concepto abstracto y no algo que te atraviesa, te limita y te cambia la vida. Y sí, resulta profundamente tranquilizador saber que existe la opción de decidir sobre tu propio final cuando el dolor deja de ser vida y se convierte en condena, porque solo quien ha sentido algo parecido sabe lo que significa no tener escapatoria dentro de tu propio cuerpo.

Pero es que la cosa no se queda ahí, porque el mismo patrón se repite en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que parece menos grave pero refleja exactamente la misma falta de empatía: una empresaria señalando a trabajadores de baja médica porque los ve haciéndose las uñas o yendo a la playa, como si estar de baja implicara dejar de existir, como si el dolor tuviera que ser visible, constante y dramático para ser legítimo. Muchas veces son los propios médicos quienes recomiendan salir, moverse, intentar vivir dentro de lo posible, porque gestionar el dolor también pasa por no rendirse a él por completo. ¿Quién es nadie para medir el sufrimiento de otro?, ¿en qué momento nos hemos creído con derecho a decidir quién sufre de verdad y quién no?, ¿cuándo dejamos de entender que hay realidades que no se ven pero que pesan como una losa?

Lo preocupante no es solo la desinformación, es la falta de humanidad que hay detrás, esa facilidad para juzgar, manipular y opinar sin tener ni idea de lo que hay al otro lado, porque al final no estamos hablando de política, ni de ideologías, ni de opiniones, estamos hablando de personas, y eso, aunque a algunos se les haya olvidado, debería ser lo único que importara.

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