Hoy he estado haciendo fotos a un nuevo cliente y el “problema” era claro: había que comerse los platos después. Y yo, ahora mismo, soy la prueba viviente de esa política sostenible.
Resultado: empache nivel experto…
Más allá del atracón, fue súper divertido. Me encanta este tipo de fotografía porque no va solo de que el plato “se vea bonito”. Va de hacer que huela sin oler, que crujan los colores, que la textura casi se pueda tocar con los ojos. Buscas el brillo justo, la salsa en su punto rebelde, el vapor que dura dos segundos y te obliga a disparar como si no hubiera mañana.
La fotografía gastronómica es puro storytelling:
no vendes comida, vendes ganas.
Ganas de sentarte ahí, de pedir “eso mismo”, de llamar a alguien y decirle tenemos que venir.
Y cuando lo consigues —cuando sabes que esas fotos van a atraer público, a llenar mesas, a crear antojo— todo el trabajo merece la pena. Incluso el momento post-fotos en el que te levantas de la silla y piensas: no debería haberme comido el último bocado… pero tampoco me arrepiento.
Conclusión del día:
fotografiar platos es un arte,
comérselos después… un sacrificio profesional.



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