El día empezó como empiezan muchos: organizando la agenda, sacando facturas y con esos nervios inevitables que aparecen cuando arranca un proyecto nuevo con un cliente nuevo. Nervios de los buenos, de los que te mantienen alerta y con ganas.
Paseo feliz con los lobitos.
Después llegó una de las cosas que más me gusta hacer: dar un curso de fotografía para principiantes. Tres horas hablando de fotografía, de luz, de composición, de aprender a mirar. Cuando hablo de esto se me nota, la pasión se cuela en las palabras sin esfuerzo. Me encanta intentar transmitir lo emocionante que puede llegar a ser hacer fotos y creo —o al menos quiero creer— que lo consigo.
Hacía un frío bestial. De ese que no perdona. No sé si mi alumna habrá cogido una pulmonía, pero desde luego fue un curso para valientes.
Y para terminar el día, desenterré una foto del baúl de los recuerdos, del Parque de la Ería. Qué recuerdos. Qué época. Qué manera tan bonita de cerrar el día.





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