Trabajar desde casa es un lujo. Lo reconozco. No tener que correr, no perder tiempo en desplazamientos, poder organizar mis horarios… no lo cambio por nada.
Pero también tiene su trampa: a veces las paredes se acercan un poquito demasiado y la cabeza empieza a abrir veinte pestañas más de las que debería.
Así que cuando noto que me estoy saturando, cojo los bártulos, llamo a Eva y activamos plan “centro de operaciones portátil”. Cafetería, mesa compartida, portátil abierto, café caliente y ese murmullo de fondo que, curiosamente, ordena mis ideas.
Cambiar de sitio no es solo moverme físicamente. Es resetear.
Y casi siempre, después de ese cambio de escenario, vuelvo a casa con menos ruido en la cabeza y más claridad en lo que tengo que hacer.



Comentarios
Publicar un comentario