En un agitado despertar, Pilara se da cuenta de que ha dado paso a un día más, vomitando un poco más de vida en su hálito espeso y caliente.
Con sus astutos ojos, en los que aún se advierten resquicios de inteligencia, recorre lentamente la destartalada habitación, que ha sido parte de su guarida desde tiempos inmemoriales. Y es que la Pilara es muy vieja…
El continuo golpear de la lluvia sobre los cristales, las goteras y el frío hacen que sienta una enorme pereza en levantarse y se complazca en estos tibios momentos de dulce calor, de nostalgias de días pasados, de magníficos horizontes tan distintos a la total decrepitud que ahora la acompaña.
Aunque parezca mentira, también ella fue joven. Y tenía ganas de vivir y de buscarle a la vida lo mejor, en un torbellino de impulsos y sensaciones, de furia y alegría, de lucha y esperanza.
Pero hace tanto de esto…
Pilara tiene conciencia de que ahora solo le quedan los fantasmas que un buen día se creara y que, a veces, la acompañan, la amenazan y la persiguen.
Otras veces, en las borrascosas tardes de vino y recuerdos, estos fantasmas se hacen tan asequibles que casi puede aprehenderlos entre sus dedos, huesudos y flacos, y casi, casi materializarlos.
A veces, Pilara se enfrenta a ellos y habla y discute y se acalora, hasta que el sueño la vence y entonces, envuelta en suciedad y miseria, se deja caer sobre cualquier sitio, hasta que el alba la sorprende, aterida y cansada, y, en la boca, un agrio sabor a polvo.
Pero su mayor enemigo es el aire. Cuando este azota la vieja casona, la cocina no tira, todo se llena de un humo espeso que la hace toser, se filtra por todos los rincones, susurrándole cosas que ella no puede oír, y todo se vuelve desazón en torno a ella.
Entonces, un miedo irracional se apodera de ella, enfureciéndola, hasta que, doblegando el terror y a fuerza de la ira que siente, sale a la explanada que hay enfrente de su puerta y, armándose de valor, suelta imprecaciones contra ese maligno ventarrón, amenazándolo con el gancho de hierro que utiliza para escarbar la cocina.
Sí, Pilara, la Pilara, como la llaman en la aldea, considera al aire como un enemigo personal, que llega mandado por Dios sabe quién para aturdirla y atemorizarla.
Las rarezas de la Pilara son de sobra conocidas en la pequeña aldea donde vive, y estas son exageradas y tergiversadas, dándole mil explicaciones a tan singular modo de vida y dando por hecho que está loca.
Su refugio en la aldea venía de muchos años atrás. Un buen día llegó, apenas sin equipaje, con la intención de vivir en la vieja casona que, según decían, había pertenecido a unos remotos familiares suyos.
Al principio, las gentes del lugar trataron de acercarse a ella, seguramente más por curiosidad que por sentimientos humanitarios.
Pero la Pilara era inaccesible.
Cerró sus puertas y ventanas a todo y a todos, y así iba languideciendo, con la única compañía de sí misma.
Solamente mantenía una pequeña relación con un comerciante ambulante, que se ocupaba de proporcionarle algo de comida y algunas botellas de vino barato.
La Pilara pasaba ya casi inadvertida.
Antes, cuando llegó, habían corrido muchos rumores…
Se dijo que su retiro se debía a un fracaso amoroso, que le había destrozado el corazón y mermado sus ahorros. Que veía cosas extrañas y procedía de una familia de locos.
También se dijo que había sido heredera de una grandiosa fortuna, que le había legado ese tío que todos tenemos en América, y que, en su locura, había derrochado todo. Que estaba loca a consecuencia de todo el vino que había ingerido, que había tenido amantes y un montón de cosas más.
Y luego la fueron olvidando paulatinamente…
Pero todo esto solo eran conjeturas, y el secreto lo guardaba la Pilara…
Por fin, la Pilara vence su pereza y se levanta.
Su primer acto de esta lluviosa mañana es quemar en el hogar un poco de leña.
Luego, después de comer cualquier porquería de las que ella prepara, se sienta frente a la ventana, en una polvorienta silla, a mirar tranquila cómo la lluvia cae con un ritmo lento y machacón, mientras los ojos se le llenan de lágrimas.
Así como el aire es su enemigo, la lluvia es una amable compañía, que tiene el poder de ponerla emocionada y nostálgica.
Pilara siente que este es un buen día para recordar.
Y poco a poco, de entre las telarañas, de entre las innumerables lagunas que pueblan su mente en jirones inciertos, es capaz de rememorar confusamente, de evocar todo aquello que ya se fue para siempre, pero que permanece latente en esas profundidades misteriosas que todos llevamos dentro.
Así, Pilara empieza a recordar, primero confusamente; luego, todo empieza a revelarse con más nitidez, lenta, muy lentamente…
Y también el negro presentimiento del fracaso cuando todo se esfumó y, por primera vez, se sintió vacía…
Más tarde, el confuso mundo de sus creencias, que poco a poco se fueron apaciguando en ella, y sintió que el mundo, su mundo, se derrumbaba como un castillo de naipes. Y, tamizándolo todo, su diario choque con la realidad, siempre brutal, siempre temido…
Luego, su matrimonio con aquel apuesto muchachote, cuya risa le hacía sentir campanas de gloria en su corazón y cuya voz le hacía temblar en un sentimiento muy vago, que se le escapaba siempre. De nuevo, el fracaso cuando él se escapó sin dejar rastro con aquella mujer morena y achaparrada…
Al hijo, tan deseado, que no llegó a ver la luz y se quedó en sus entrañas para siempre.
Entonces vino el frenesí, la locura, el apurar la vida a tragos largos, como un sediento ante un vaso de agua. Más tarde, el hastío…
Hasta que llegó el día en que, cansada de los fracasos que el mundo y sus miserias le habían proporcionado, ella, que se sabía buena, empezó a vivir hacia dentro, hacia sí misma. Y encontró tanta maldad escondida, tantos sentimientos que la asustaban, que retrocedió espantada, dispuesta a no hacer más introspecciones.
Al fin sucumbió a la tentación y se metió de lleno dentro de sí misma. Y la respuesta no se hizo esperar, pues no estaba sola, sino que dentro de ella anidaban múltiples espectros. Y personificó al odio, al amor, a la ternura, al aire y a las flores, a los árboles y a Dios.
Y sintió que se bastaba, que no tenía necesidad de nada más.
Y este fue el final de su soledad, tan profunda y arraigada en ella, que en un fabuloso parto había dado fruto.
Fruto de su soledad, adherida a ella como la hiedra se adhiere a las piedras.
Y así fue como halló refugio en la misma casa de sus antepasados, en una remota aldea.
Y este es el secreto de la Pilara…
Pero todavía, en las tardes de viento, este le susurra algo que no quiere saber: que en ella anida algo grande, que aún tiene ansias de un no sabe qué, de algo desconocido y oscuro que la ata a la Humanidad, de una fuerza superior a ella que la hace ser eterna.
Y la sola idea de eternidad la aterra: siempre, siempre, siempre… hasta… nunca.
El alma de la Pilara está cerrada a estos misterios, pero, por un error de no se sabe quién, un resquicio de ventana permanece abierto en su yo más profundo y, a veces, se infiltra un poco de claridad que ella pretende no ver.
Y debe ser que la Pilara pertenece al grupo de los elegidos.
Por fin, en esta plácida mañana de lluvia, la Pilara piensa que va a necesitar un poco de vino, de ese vino malo, y tapiar así, por unas horas, esa ventana

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